Escenario

Llevo un buen rato delante de un pequeño block de notas y estoy completamente blanco de ideas para escribir. Dicen que es propio de un escritor, hasta de los más consagrados. Yo apenas un mero falsificador de la escritura, un neófito aficionado de ella, aunque ya de pequeño en la escuela me atrevía, o distraía, esa dimensión que yo ya adivinaba lejana.

En esa generalidad el genio se presta muy difícil, y tiene que brotar después de un buen abono para el que no logro ahora encontrar la mejor fórmula. Y eso que el lugar es extraordinario: un parque frente a la playa donde las familias pasan el tórrido domingo jugando, platicando, tendidas en la arena o en la hierba, bajo el sol que no es muy fuerte. Las gaviotas vuelan alrededor buscando algún resto de comida, los niños corren tras la pelota o hacen castillos de arena. Y yo bajo un frondoso árbol los escucho como coro de una orquesta, en la que instrumentos invisibles hacen sonar la brisa del aire moviendo las ramas de los árboles, la melodía de las olas golpeando levemente la orilla de la playa, el canto de las gaviotas sobrevolando el cielo.

No hay director, ni quiero serlo, es la armonía de una sinfonía que creía nunca iba a empezar, y que ahora en mitad de su desarrollo me hace levantar la cabeza, dejar la escritura y agradecer el por qué me gusta escribir, aunque no tenga nada o mucho que decir por el contrario.

Y así pasan los días, y así las hojas, que van dejando de ser blancas, y en sus líneas se van describiendo verdades y mentiras que conjugan el arte de vivir con el de la escritura.

Que todo sea así y que no cambie, y si lo hace que sea un domingo de inicios de verano frente al mar azul y el cielo adornado de gaviotas.

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